domingo, 1 de abril de 2018

gastone


Gastone (1960) es una caricatura en la que el director Mario Bonnard y el actor Alberto Sordi rinden tributo a uno de los maestros del teatro cómico italiano: Ettore Petrolini, o cuando el sustantivo caricato no era despectivo.

En el ambiente de los salones de variedades de la Italia en las postrimerías de la Gran Guerra, Sordi es el gigoló y danseur mondain, eternamente embutido en su frac y engominado y De Sica es un aristócrata calavera que vive de la fortuna de su esposa estadounidense. Ambos se empeñan, cada uno a su modo, en el triunfo de la pujante Naninna (Anna María Ferrero), que conquistará los teatros de París y Londres con sus danzas africanas o americanas. Es el triunfo de la modernidad, que aboca a la extinción al tango, el cancán y toda la Belle Époque. Pero si la agonía de Gaston Le Beau adquiere tintes patéticos, la del príncipe interpretado por De Sica, al contrario, está teñida de nostalgia y savoir faire.

jueves, 1 de marzo de 2018

boccaccio 70


Boccaccio ‘70 (Vittorio De Sica y otros, 1962) es una producción de Carlo Ponti en la que se da cita lo más granado del cine italiano de los años sesenta: Mario Monicelli, Lucchino Visconti, Federico Fellini y Vittorio De Sica realizan sendos episodios que tienen tempo y hechuras de mediometrajes. Sin embargo, el cuento proletario de Monicelli se queda fuera en la distribución comercial. Restan los otros tres que emparejan a Anita Ekberg con Fellini, a Romy Schneider con Visconti y a Sofia Loren, cómo no, con De Sica.

Durante los títulos de crédito del episodio de De Sica, “La riffa”, suena un cha-cha-chá del maestro Armando Trovajoli: “Cuartos, cuartos, cuartos, muchos cuartos, / benditos sean los cuartos, / los queridísimos cuartos, / porque quien tiene muchos cuartos vive como un pachá / y siempre tiene los pies calientes”.

La acción se sitúa, mediante imágenes estrictamente documentales en la feria de ganado de Lugo, en la provincia de Rávena. Un mundo de tratantes y sementales donde el propietario de una caseta de tiro al globito, sortea los favores de su cuñada en una rifa. El espectacular físico de Zoe (Sofia Loren) atrae a todos los hombres del pueblo a participar en el sorteo, incluso el sacristán, un hombre timorato al que llaman Cuspett (Alfio Vita). Sin embargo, Sofia se ha encaprichado de Geno (Luigi Giuliani), un joven atlético que la ha salvado de un toro que se ha escapado. El cuerpo de la Loren, vestido con un traje brillante rojo, además —lo que justifica la atracción del toro hacia la caseta—, ocupa siempre el centro del encuadre. Por si esto no fuera suficiente, globos, sandías e, incluso, el bombo del sorteo, remiten desvergonzadamente a los atributos femeninos que constituyen el premio de la rifa. No menos alegórica es la presencia de garañones, sementales, gallos y marranos en el montaje inicial. En la Italia del boom todo está en venta, como bien dice la canción y Zoe se encarga de explicitar en conversación con su hermana: “¿Por qué no habré aprendido a leer? ¡Si al menos hubiera terminado la primaria! […] Ahora lo que importa es ganar siete u ocho millones. Con eso seré independiente y podré casarme con quien me dé la gana”.

El giro boccacciesco de la historia de Zavattini consiste en que Geno secuestre el carromato y, en tanto llegan hasta allí los del pueblo, Zoe negocie con el sacristán que se quede con sus ganancias y pueda presumir antes sus paisanos de sus proezas amatoria. Mensaje feminista, por tanto, que la propia planificación subraya y desmiente al mismo tiempo. Los espectadores no dejamos de ser como esos paletos que se acercan babeantes a la caseta para contemplar una belleza de la que finalmente sólo podrán disfrutar vicariamente.

jueves, 1 de febrero de 2018

le coppie


Le coppie (Tres parejas, Mario Monicelli, Alberto Sordi y Vittorio De Sica, 1970) es una de aquellas películas de episodios que se produjeron en Italia durante la década de los sesenta y los primeros años setenta...

El tercer episodio está dirigido por Vittorio De Sica y protagonizado por Monica Vitti y Alberto Sordi. Antonio (Sordi) y Giulia (Vitti) son dos amantes adúlteros que se encuentran todos los miércoles por la tarde en el apartamento de él. Un miércoles, al despedirse, Giulia se encuentra con que un león escapado de un circo hace guardia ante la puerta. Obligada a permanecer junto a su amante durante toda la tarde, los conflictos latentes en la pareja terminan por aflorar. Mientras ellos se convierten en dos fieras dispuestas a destrozarse mutuamente, la policía abate al león a tiros.

El adulterio puede continuar, pero el propietario del Circo Zanetti (Gigi Bonos) tendrá que hacer frente al futuro sin la principal estrella de su espectáculo.

lunes, 1 de enero de 2018

ferdinando I, re di napoli



Al principio de la década de los cincuenta Gianni Franciolini y De Sica han coincidido en más de una ocasión -Villa Borghese (1953), Il letto / Secrets d'alcôve (1954)-, pero, sobre todo, en Buongiorno, elefante (1952), una película casi familiar -De Sica, María Mercader, Cesare Zavattini- en la que el actor delega las funciones de reañización en Franciolini.

Franciolini pasó en su no muy extensa carrera de las primeras aproximaciones al realismo en el cine italiano –Fari nella nebbia (1940)- a la comedia de costumbres en la posguerra –sus dos adaptaciones de cuentos de Moravia- para rematar con esta farsa política poco antes de morir. Ferdinando I, re di Napoli (1959) parece hecha como una celebración de últimas ocasiones, porque también es la última oportunidad de ver juntos en la pantalla a los tres hermanos De Filippo. Y del encuentro entre Peppino y Eduardo es de donde surgen los más certeros apuntes de esta celebración del humor como herramienta para ridiculizar el poder. En un  doble sentido, además, porque aunque la acción se sitúa en la Italia meridional del siglo XIX, sus comentarios sobre el buen gobierno, la corrupción de la administración, la injerencia de la Iglesia en los asuntos de Estado y la obligación del pueblo de asumir su propio destino, hablan bien a las claras de la situación de un país en el que la Democracia Cristiana ha hecho del clientelismo político una de las bellas artes.

Todo ello puesto en solfa, burla burlando, sin acritud… Ferdinando I —como sus parientes de por acá— es un monarca castizo al que le gusta la jarana, el buen yantar, las mujeres hermosas y la emoción del naipe. Por ello, no duda en vestirse de guappo —lo que en España se conocía como majo o manolo— y lanzarse a la calle, a las tabernas y a los teatrillos populares, donde se mezcla con su pueblo. Claro que, a él sólo le interesa mezclarse con la mitad de su pueblo de sexo femenino y, de esta mitad, en especial, con la hija de Pulcinella (Rosanna Schiaffino), a la que ha podido ver en un número de proto-striptease.

Ella está enamorada de Gennarino (Marcello Mastroianni), un músico aliado con la causa revolucionaria, pero acepta los avances del rey, para luego burlarlo, a fin de dejar vía libre a los partidarios de la República, que esperan como agua de mayo la llegada de las fuerzas napoleónicas. Poco tiene que ver con la Historia —así, con mayúsculas- la figura de este rey flamenco, cobardica y cachondón al que Peppino saca chispazos en cada intervención. En una solución archiclásica, se hace acompañar de su criado Mimì (Renato Rascel), blanco de sus explosiones de ira, tanto o más que sus ministros, tan ineficaces como prevaricadores.

Eduardo es Pulcinella, el Polichinela de la commedia dell’arte metido en la harina de las revoluciones románicas. Más que los aspectos farsescos de su personaje, le interesa el clown reflexivo, el que se vale del retruécano y la canción bufa para poner en entredicho al poderoso. No hay nada que más escueza que esas cancioncillas que van de boca en boca y nadie sabe quién ha inventado. En descubrirlo pondrá todo su empeño el Borbón. Pulcinella, que ya se ve pendiendo de la soga con el pescuezo tronchado, aprovecha para endilgarnos el “recado”. Se trata de un hermoso monólogo de Eduardo en el que no hace gala de heroísmo alguno. El cómico se puede meter en camisa de once varas pero nunca deja de ser un cómico y, entre la vida y la muerte, la única elección posible es la vida.

Una de sus hazañas se basa en un hecho real y tuvo consecuencias inesperadas en el momento del estreno de la película. Se inaugura con toda la pompa y el boato que la ocasión requiere una estatua ecuestre del rey: tribuna de autoridades, banda de música, parada militar y los napolitanos como coro. Cae la lona que cubre el monumento. Del cuello del caballo cuelga el siguiente pareado: “A tal señor, tal honor”; en tanto que la figura del monarca lleva un extraño tocado:
—¿Qué corona es ésa que me han puesto? —inquiere el rey.
—Majestad… un orinal.
Parece que en la Italia de 1959 un descendiente de Ferdinando I decidió que tal afrenta sólo podía ser lavada con sangre y retó públicamente a duelo al productor y al director.

Los hermanos De Filippo están secundados por una plantilla de cómicos de lujo entre los que destacan Vittorio De Sica en una de esas figuras abaciales que se fueron una de sus especialidades en las producciones internacionales en las que participaba como actor y que se empeña en canonizar al rey en vida a cambio de algunos ascensos en el escalafón eclesial, el turinés Rascel como el sufrido criado del rey, Mastroianni en el rol del músico enamorado de la hija de Pulcinella y Aldo Fabrizi en el papel episódico de un rústico que se va quedando sin pollos a base de sobornos para que el rey reciba una petición de gracia.

A pesar de todo ello, la cinta no resulta gran cosa por la incapacidad de Franciolini para sacar lustre a las situaciones, componiendo casi siempre el encuadre rutinariamente con los dos o tres personajes que participan en la escena en planos medios frontales, como si estuviéramos ante una primitiva realización televisiva. Al menos, esto no nos impide disfrutar del trabajo de los actores, que es lo que debió pensar Franciolini cuando dirigió ésta, su última película.

(publicado previamente en Circo Méliès)

sábado, 14 de octubre de 2017

la peccatrice


Además de Mario Camerini y Mario Mattòli, Vittorio De Sica trabaja habitualmente con otros tres directores durante la década de los treinta. De Carlo Ludovico Bragaglia aprendrerá la diligencia en el rodaje, a cumplir con los plazos en películas que se filman en no más de cuatro semanas; de Nunzio Malasomma, la brillantez internacional; de Amleto Palermi, un sentimentalismo meridional que crea un vínculo inmediato con la platea.

Su última colaboración con Palermi, un veterano del cine silente que fallecerá poco tiempo después, con apenas 52 años, es La peccatrice (1940) y no escapa a esta regla. La pecadora titular es Maria (Paola Barbara), engañada por Alberto (Gino Cervi), que la abandona cuando se entera de que está embarazada. Incapaz de confesarle la situación a su madre, Maria da a luz en un hogar de caridad donde su hijo muere a los pocos días. Amamantará entonces al hijo de una mujer enferma, que le ofrece llevarla como nodriza a su pueblo. Allí comienza una relación sentimental con el hermano de la mujer, Salvatore (Fosco Giachetti). Pero cuando éste se entera de su pasado, intenta forzarla y ella escapa. Llega así a Nápoles donde por fin conoce a una pareja de jóvenes socios en un negocio que compiten en su cortejo. Son Pietro y Paolo. O sea, la sempiterna pareja cómica compuesta por De Sica y Umberto Melnati. Pronto se verá, sin embargo, que el primero, apasionado, romántico y bailarín de tango, ha ganado el puesto de honor en el corazón de Maria. Es una pena que, para mantenerla, Pietro se deje embaucar por un estafador y proxeneta (Piero Carnabuci) que lo envía a él a prisión y la encierra a ella en un prostíbulo de lujo.

La agitada vida sentimental de María ha sido evocada por ésta en el burdel mientras vela a una compañera moribunda. Los sucesivos flashbacks han sido consecuencia del encuentro con Pietro, quien, al salir de la cárcel ha ido allí, incapaz de creer que la mujer que ama se haya entregado a la prostitución.

La segunda parte de la cinta, narrada en tiempo presente, cuenta la fuga de la pecadora, el reencuentro con los tres hombres que marcaron su vida y la redención final. Es en el último tramo donde Palermi se entrega por entero a la resolución del folletín recurriendo a los procedimientos del cine mudo y logrando dos secuencias de gran emotividad sin apenas diálogo.

De Sica no participa en esta parte pero la historia de amor de su personaje ha servido para vertebrar todo el relato. Su creación del galán sentimental y melancólico funciona a la perfección e, incluso, le permite un breve dueto cómico con Melnati y burlarse de sí mismo como latin lover en la escena en la que, a imitación de Valentino, baila un tango con Paola Barbara.