jueves, 1 de febrero de 2018

le coppie


Le coppie (Tres parejas, Mario Monicelli, Alberto Sordi y Vittorio De Sica, 1970) es una de aquellas películas de episodios que se produjeron en Italia durante la década de los sesenta y los primeros años setenta...

El tercer episodio está dirigido por Vittorio De Sica y protagonizado por Monica Vitti y Alberto Sordi. Antonio (Sordi) y Giulia (Vitti) son dos amantes adúlteros que se encuentran todos los miércoles por la tarde en el apartamento de él. Un miércoles, al despedirse, Giulia se encuentra con que un león escapado de un circo hace guardia ante la puerta. Obligada a permanecer junto a su amante durante toda la tarde, los conflictos latentes en la pareja terminan por aflorar. Mientras ellos se convierten en dos fieras dispuestas a destrozarse mutuamente, la policía abate al león a tiros.

El adulterio puede continuar, pero el propietario del Circo Zanetti (Gigi Bonos) tendrá que hacer frente al futuro sin la principal estrella de su espectáculo.

lunes, 1 de enero de 2018

ferdinando I, re di napoli



Al principio de la década de los cincuenta Gianni Franciolini y De Sica han coincidido en más de una ocasión -Villa Borghese (1953), Il letto / Secrets d'alcôve (1954)-, pero, sobre todo, en Buongiorno, elefante (1952), una película casi familiar -De Sica, María Mercader, Cesare Zavattini- en la que el actor delega las funciones de reañización en Franciolini.

Franciolini pasó en su no muy extensa carrera de las primeras aproximaciones al realismo en el cine italiano –Fari nella nebbia (1940)- a la comedia de costumbres en la posguerra –sus dos adaptaciones de cuentos de Moravia- para rematar con esta farsa política poco antes de morir. Ferdinando I, re di Napoli (1959) parece hecha como una celebración de últimas ocasiones, porque también es la última oportunidad de ver juntos en la pantalla a los tres hermanos De Filippo. Y del encuentro entre Peppino y Eduardo es de donde surgen los más certeros apuntes de esta celebración del humor como herramienta para ridiculizar el poder. En un  doble sentido, además, porque aunque la acción se sitúa en la Italia meridional del siglo XIX, sus comentarios sobre el buen gobierno, la corrupción de la administración, la injerencia de la Iglesia en los asuntos de Estado y la obligación del pueblo de asumir su propio destino, hablan bien a las claras de la situación de un país en el que la Democracia Cristiana ha hecho del clientelismo político una de las bellas artes.

Todo ello puesto en solfa, burla burlando, sin acritud… Ferdinando I —como sus parientes de por acá— es un monarca castizo al que le gusta la jarana, el buen yantar, las mujeres hermosas y la emoción del naipe. Por ello, no duda en vestirse de guappo —lo que en España se conocía como majo o manolo— y lanzarse a la calle, a las tabernas y a los teatrillos populares, donde se mezcla con su pueblo. Claro que, a él sólo le interesa mezclarse con la mitad de su pueblo de sexo femenino y, de esta mitad, en especial, con la hija de Pulcinella (Rosanna Schiaffino), a la que ha podido ver en un número de proto-striptease.

Ella está enamorada de Gennarino (Marcello Mastroianni), un músico aliado con la causa revolucionaria, pero acepta los avances del rey, para luego burlarlo, a fin de dejar vía libre a los partidarios de la República, que esperan como agua de mayo la llegada de las fuerzas napoleónicas. Poco tiene que ver con la Historia —así, con mayúsculas- la figura de este rey flamenco, cobardica y cachondón al que Peppino saca chispazos en cada intervención. En una solución archiclásica, se hace acompañar de su criado Mimì (Renato Rascel), blanco de sus explosiones de ira, tanto o más que sus ministros, tan ineficaces como prevaricadores.

Eduardo es Pulcinella, el Polichinela de la commedia dell’arte metido en la harina de las revoluciones románicas. Más que los aspectos farsescos de su personaje, le interesa el clown reflexivo, el que se vale del retruécano y la canción bufa para poner en entredicho al poderoso. No hay nada que más escueza que esas cancioncillas que van de boca en boca y nadie sabe quién ha inventado. En descubrirlo pondrá todo su empeño el Borbón. Pulcinella, que ya se ve pendiendo de la soga con el pescuezo tronchado, aprovecha para endilgarnos el “recado”. Se trata de un hermoso monólogo de Eduardo en el que no hace gala de heroísmo alguno. El cómico se puede meter en camisa de once varas pero nunca deja de ser un cómico y, entre la vida y la muerte, la única elección posible es la vida.

Una de sus hazañas se basa en un hecho real y tuvo consecuencias inesperadas en el momento del estreno de la película. Se inaugura con toda la pompa y el boato que la ocasión requiere una estatua ecuestre del rey: tribuna de autoridades, banda de música, parada militar y los napolitanos como coro. Cae la lona que cubre el monumento. Del cuello del caballo cuelga el siguiente pareado: “A tal señor, tal honor”; en tanto que la figura del monarca lleva un extraño tocado:
—¿Qué corona es ésa que me han puesto? —inquiere el rey.
—Majestad… un orinal.
Parece que en la Italia de 1959 un descendiente de Ferdinando I decidió que tal afrenta sólo podía ser lavada con sangre y retó públicamente a duelo al productor y al director.

Los hermanos De Filippo están secundados por una plantilla de cómicos de lujo entre los que destacan Vittorio De Sica en una de esas figuras abaciales que se fueron una de sus especialidades en las producciones internacionales en las que participaba como actor y que se empeña en canonizar al rey en vida a cambio de algunos ascensos en el escalafón eclesial, el turinés Rascel como el sufrido criado del rey, Mastroianni en el rol del músico enamorado de la hija de Pulcinella y Aldo Fabrizi en el papel episódico de un rústico que se va quedando sin pollos a base de sobornos para que el rey reciba una petición de gracia.

A pesar de todo ello, la cinta no resulta gran cosa por la incapacidad de Franciolini para sacar lustre a las situaciones, componiendo casi siempre el encuadre rutinariamente con los dos o tres personajes que participan en la escena en planos medios frontales, como si estuviéramos ante una primitiva realización televisiva. Al menos, esto no nos impide disfrutar del trabajo de los actores, que es lo que debió pensar Franciolini cuando dirigió ésta, su última película.

(publicado previamente en Circo Méliès)

sábado, 14 de octubre de 2017

la peccatrice


Además de Mario Camerini y Mario Mattòli, Vittorio De Sica trabaja habitualmente con otros tres directores durante la década de los treinta. De Carlo Ludovico Bragaglia aprendrerá la diligencia en el rodaje, a cumplir con los plazos en películas que se filman en no más de cuatro semanas; de Nunzio Malasomma, la brillantez internacional; de Amleto Palermi, un sentimentalismo meridional que crea un vínculo inmediato con la platea.

Su última colaboración con Palermi, un veterano del cine silente que fallecerá poco tiempo después, con apenas 52 años, es La peccatrice (1940) y no escapa a esta regla. La pecadora titular es Maria (Paola Barbara), engañada por Alberto (Gino Cervi), que la abandona cuando se entera de que está embarazada. Incapaz de confesarle la situación a su madre, Maria da a luz en un hogar de caridad donde su hijo muere a los pocos días. Amamantará entonces al hijo de una mujer enferma, que le ofrece llevarla como nodriza a su pueblo. Allí comienza una relación sentimental con el hermano de la mujer, Salvatore (Fosco Giachetti). Pero cuando éste se entera de su pasado, intenta forzarla y ella escapa. Llega así a Nápoles donde por fin conoce a una pareja de jóvenes socios en un negocio que compiten en su cortejo. Son Pietro y Paolo. O sea, la sempiterna pareja cómica compuesta por De Sica y Umberto Melnati. Pronto se verá, sin embargo, que el primero, apasionado, romántico y bailarín de tango, ha ganado el puesto de honor en el corazón de Maria. Es una pena que, para mantenerla, Pietro se deje embaucar por un estafador y proxeneta (Piero Carnabuci) que lo envía a él a prisión y la encierra a ella en un prostíbulo de lujo.

La agitada vida sentimental de María ha sido evocada por ésta en el burdel mientras vela a una compañera moribunda. Los sucesivos flashbacks han sido consecuencia del encuentro con Pietro, quien, al salir de la cárcel ha ido allí, incapaz de creer que la mujer que ama se haya entregado a la prostitución.

La segunda parte de la cinta, narrada en tiempo presente, cuenta la fuga de la pecadora, el reencuentro con los tres hombres que marcaron su vida y la redención final. Es en el último tramo donde Palermi se entrega por entero a la resolución del folletín recurriendo a los procedimientos del cine mudo y logrando dos secuencias de gran emotividad sin apenas diálogo.

De Sica no participa en esta parte pero la historia de amor de su personaje ha servido para vertebrar todo el relato. Su creación del galán sentimental y melancólico funciona a la perfección e, incluso, le permite un breve dueto cómico con Melnati y burlarse de sí mismo como latin lover en la escena en la que, a imitación de Valentino, baila un tango con Paola Barbara.

sábado, 4 de marzo de 2017

enzo staiola y vicente

Mientras sus compañeros de redacción en La Codorniz saqueaban La Ilustración Española y Americana en busca de imágenes finiseculares que sirvieran de base a sus collages humorísticos, Rafael Azcona tiende a utilizar, en la última etapa del "Repelente niño Vicente", imágenes más o menos contemporáneas, provenientes de revistas de modas y de otros semanarios ilustrados.


Para este chiste de 1956 recortó una foto de Ladri di biciclette, de modo que el redicho Vicente comparte encuadre con el atribulado Enzo Staiola.

miércoles, 1 de febrero de 2017

il processo clemenceau


El célebre escultor Pierre Clémenceau (Gustavo Serena) recuerda desde la prisión las circunstancias que le han conducido hasta allí. El memorial que está escribiendo servirá no sólo a su abogado para preparar la defensa, sino también de justificación ante su hijo. Recuerda como conoció, siendo aún un principiante, a la joven rusa Iza Dobronowska (Francesca Bertini) en un baile de máscaras. Cae fulminado por su belleza y le propone que pose para él, dando así comienzo una tormentosa relación que se complica porque la familia de Iza quiere que se case con el acaudalado príncipe polaco Sergio (Lido Manetti). Ella, caprichosa y voluble, cae bajo el hechizo del dinero y el lujo, y le escribe a Pierre una carta terrible en la que, en vez de anunciarle su regreso para casarse con él, le pide que le pregunte a su madre, que regenta una casa de costura, cuánto le costaría el más suntuoso ajuar que pueda confeccionarle. ¡Ay, qué poco sabe la mujer veleidosa que el padre de Sergio lo aparte de su lado hasta que cumpla la mayoría de edad! Y como Pierre está ganando una auténtica fortuna como escultor, Iza regresa a sus amantes brazos, antes de reunirse de nuevo con Sergio y entregarse a una vida de desenfreno, olvidándose incluso del hijo que ha tenido con Pierre. Y es así como, tras una última noche de amor, el escultor la apuñala:
-Tu primer beso fue para mí, también para mí exhalarás tu último suspiro.

El recuento de Pierre arranca en el taller de modista de su madre. Es así, como apenas pasados dos minutos de película irrumpe Vittorio De Sica en la gran pantalla. Interpreta a Pierre de joven, vestido de uniforme. Besa y abraza a su madre para celebrar que ha recibido un premio de escultura y que, a partir de ese momento, podrá entrar como aprendiz en el taller del padre de su condiscípulo Constantino Ritz (Alfredo de Antoni, que también ejerce las funciones de director).

La acción se traslada de este modo a un parque, donde el joven Pierre muestra algunas estatuas a su madre y le presenta a su compañero. Éste y su padre les llevan al estudio, donde el joven sigue mostrando el cariño que siente por la autora de sus días y la admiración que despierta en él el trabajo artístico de Tomasso Ritz.

De vuelta en la celda, un fragmento del manuscrito nos habla de su rápido ascenso en el taller de escultura y de la amistad fraterna que le une a Constantino, su compañero de instituto, aunque éste haya elegido la carrera diplomática. La nueva vuelta al pasado nos muestra a un escultor más maduro, interpretado ya por Gustavo Serena y escamotea al joven De Sica. Tres escenas por tanto, en las que vemos un físico aún indefinido y un constante volver la cabeza a un lado y a otro, fruto de la inexperiencia o de la timidez, quién sabe.

Il proceso Clemenceau es una adaptación de la novela de Alejandro Dumas hijo, del que la Bertini y Serena ya habían realizado una inevitable versión de La signora delle camelie en 1915 para la productora romana Caesar Film, una de las primeras productoras italianas por volumen de producción durante la Gran Guerra, gracias, sobre todo, al auge del fenómeno divístico en torno a Francesca Bertini.

Dos copias en nitrato conservadas en las filmotecas de Zaragoza y Valencia sirvieron en 1993 para la restauración de esta película con la colaboración de la Cineteca di Bologna.